viernes, 29 de julio de 2016

LA LAGUNA ENCANTADA




Últimamente estoy algo ajustado de tiempo, y aunque aparente una disculpa por mi parte , yo, el que daba las buenas noches al Lucero del Alba cuando se parapetaba detrás de las montañas tras las primeras luces que anunciaban el nuevo día, estoy tan irremediablemente cansado, que hasta la señora de la casa se extraña y confunde de si no estaré enfermo, o que va haciendo mella en mi pequeño ser la edad, -esa que dicen que no perdona- por acostarme a hora tan inusual para mí como son rayando las doce de la noche, que si bien dicen es hora de brujas, a mí me cuesta creerlo.

Y a propósito de brujas, hoy quería rememorar una vieja historia que tiempo atrás me pasó. Fue -como no- en tierras Gallegas. Andaba yo por esos tiempos como perro al que hubiesen quitado las pulgas, me refiero a que había quedado soltero y sin compromiso, que al igual que el famoso refrán, el buey suelto, bien se lame, así me daba la sensación de estar yo, libre como pájaro y buscando nuevas sensaciones que aflorasen en mí. Un buen día, sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, hice la maleta y puse rumbo a esa tierra Galaica que desde niño me habían subyugado con sus historias, y sin embargo aún no la conocía. Como a continuación relataré, no me defraudó el viaje.

Persona como yo, nacido y criado en tierras de secano, donde el verde solo se ve en primavera y el agua es -nunca mejor dicho- un bien escaso, la primera impresión que tuve de esa maravillosa tierra fue extraordinaria. Como si en Rana me hubiese convertido, solo hacia saltar de río en río, y allá por dondequiera que mirase, me maravillaba el verde de sus frondosos bosques.

Cegado por el encanto, me fui adentrando en un bosque sin más compañía que una cámara de fotos y la ilusión por descubrir cada vez más bellos paisajes, tal era mi entusiasmo que perdí la noción del tiempo, y como cosa habitual que es, vi que se hacía de noche sin reparar en que estaba tan adentrado en no se sabe qué punto del bosque, que cuando quise volver sobre mis pasos, noté alarmado que estaba dando vueltas sin saber a dónde me dirigía.

Lo que hacía unas horas me parecía maravilloso, fue tornándose en sombras amenazadoras, la mayoría creadas por mi imaginación, eso tuve que llegar a reconocer, y armándome de un valor inexistente, dándome ánimos a mí mismo me dije, pero bueno, un sitio tan maravilloso te va a hacer caer en la tentación de creer que pueda pasar algo porque la negra capa de la noche caiga sobre mí, fui apartando de mi cabeza las dudas que habían surgido, -y ya con más lucidez- comencé a rememorar hacia donde me habían llevado mis pasos, y apareció ante mí la imagen clara y diáfana de una pequeña laguna que había dejado pocos metros atrás, en la que me había entretenido en hacer unas fotos a una cabaña que al borde se encontraba, y que por su aspecto, parecía que solo sirviese para cobijar ganado, o bien a algún loco aventurero como yo que se quedase extraviado en la noche y sirviese de refugio hasta llegar el nuevo día. Guiándome más por instinto que por saber, fui encaminándome al lugar, y efectivamente, después de un corto espacio de tiempo había llegado a la laguna, que ahora, a la luz de la incipiente Luna que asomaba por un claro del bosque, la iluminaba como bandeja de plata en mitad del albero del bosque.

Regocijándome en mi buena suerte, me senté un momento en la orilla, encendí un cigarrillo para terminar de calmar mis nervios que aún no se habían evaporado del todo. Al otro lado se distinguía perfectamente la silueta de la cabaña, solo debía bordear la laguna y guarecerme hasta que llegase el nuevo día, arrojé con decisión el resto de cigarrillo al agua y me puse en pie para cubrir el trecho que me quedaba, ahora caminando tranquilamente, aspirando el perfume de las hojas, dejando que mis sentidos asumiesen la belleza que me rodeaba. Así llegué hasta la cabaña, envuelto en una quietud del alma como nunca antes había sentido, al acercarme a la entrada me di cuenta que, como no había previsto hacer noche en ningún lugar, no disponía de linterna, solo el pequeño encendedor -que como empedernido fumador que soy-, siempre me acompaña, traspasé el quicio de la puerta y con la escasa luz que me proporcionaba alumbré para cerciorarme de que medios disponía en tan singular sitio para pasar la noche.

Pude vislumbrar a duras penas, una tosca chimenea de piedra, la que seguramente no se había encendido en mucho tiempo, ya que no había ni rastro de leña ni cenizas, y un banco de madera sin pulimentar. Lejos de acobardarme, creí que era todo lo que necesitaba para guarecerme y esperar el nuevo día, me quite las botas y me acomodé en el banco a descansar un rato antes de tomar la decisión de recostarme, en esos momentos reparé que la Luna había seguido su curso por el estrellado firmamento y por un ventanuco practicado en la pared se colaba su plateada luz. Decidí que merecería la pena sentarme afuera un momento y disfrutar de la noche, me levanté y salí de la cabaña, al lado de la puerta había un tronco de un vetusto árbol, me senté y recosté mi espalda.

El aire era embriagador, solo se escuchaban las ranas de la laguna y algún que otro grillo que comenzaba su amorosa andadura nocturna, cerré los ojos y me dejé llevar por esa inusitada calma que me rodeaba, en estas cavilaciones estaba cuando escuché que algo en la laguna se removía con más fuerza a la que me estaba acostumbrando, abrí los ojos de nuevo para ver que era el revuelo que perturbaba el silencio de la noche. En el centro de la laguna divise unas ondas, era como si alguien hubiese arrojado una piedra y estaba haciendo círculos a su alrededor, me quedé un tanto extrañado, y por qué no decirlo, también asustado, pues hasta ese momento creía que en todo el bosque que me rodeaba estaba completamente solo, y la idea de que un extraño ser estuviese merodeando por allí, no era precisamente lo que en esos momentos deseaba, agucé el oído, pero nada hacía indicar que, además de mí, nadie estuviese por esos contornos.

Deseché rápidamente la idea, y una vez que con la vista había hecho un barrido del contorno, me centré de nuevo en la laguna. Ahora la Luna brillaba en todo su esplendor, era como si un foco hubiese fijado su mirada en el líquido elemento, ni el cerco que la rodeaba estaba en oscuridad, lucia como si de un gran espejo se tratase, en estas cavilaciones me encontraba cuando vi como del centro de la laguna algo emergía, lentamente, pero emergía, puse toda mi vista y mis sentidos en tan inusual percance, aunque pronto pensé, que diantres, seguramente verás aparecer una gran trucha dispuesta a satisfacer su apetito nocturno a base de mosquitos.

Lo que a continuación sucedió, no sé si podré describirlo, ya que mis ojos ante tal aparición, parecía que se me saldrían de las órbitas., no podía dar crédito a lo que estaba contemplando, fue algo mágico, ni en mis mejores sueños podría haber concebido algo así.

Como expresarlo, no era nada que se pareciese a lo que hasta entonces había visto a lo largo de mi vida, era algo surrealista. Allí apareció en medio de la laguna un ser que no podría clasificar como bello, era algo más que se escapaba a mi percepción.

Emergió muy despacio, como de una película a cámara lenta se tratase, el aspecto era de una belleza sobrenatural, una mujer muy joven y bella, con el pelo largo y rubio como el oro, los ojos es lo que más admiración me causó, pues no sabría definir su color, eran cambiantes según avanzaba y tan profundos como un abismo, se diría que al mirarme podía leer mis más íntimos pensamientos, se acercó deslizándose suavemente por el agua, y al llegar a la orilla donde me encontraba dibujó en sus labios una sonrisa, y con una voz dulce y melodiosa, más que hablarme me susurró, -no tengas miedo, solo estoy aquí para protegerte, vengo para velar tus sueños y que nada te ocurra, ya sé que todo esto te parece irreal, pero es tan cierto como la laguna y el bosque que te rodea, y aunque no los veas ni los escuches, espíritus malignos están ahí en las sombras aguardando que cierres los ojos para apoderarse de ti y de tu alma-

Aunque hubiese querido hablar no hubiese podido, estaba totalmente hipnotizado, no podía apartar mi vista de sus grandes y profundos ojos, se acercó hasta mí, se sentó a mi lado y comenzó a acariciarme el cabello mientras entonaba una cadenciosa melodía, poco a poco noté como iba perdiendo la noción de las cosas, los parpados me pesaban como si plomo tuviese en ellos, y como si caminase en una nube de algodón fui cayendo en un profundo y dulce sopor.

Me despertaron los trinos de los pájaros, miré a mi alrededor, estaba amaneciendo, el alba se imponía a la negra oscuridad de la noche, sacudí la cabeza y me levanté lentamente, aún no sabía a ciencia cierta que estaba haciendo allí, me acerque a la laguna, me agaché y con mis manos cogí agua llevándomela hasta la cara, me desperece inmediatamente al contacto con la clara y cristalina agua, y poco a poco fueron viniendo a mi mente los recuerdos nocturnos, por un momento todo me parecía claro, pero mi mente se negaba a aceptar algo tan inusual y a la vez tan fantástico, que pronto se adueñó de mí la sensación de que un extraño sueño me había acontecido, probablemente a causa del cansancio acumulado durante la jornada agotadora del día anterior, y mi imaginación -desbordante como tantas veces- me había jugado una mala pasada.

Repuesto a duras penas, traté de nuevo en orientarme, y a la inversa del día anterior, vi claro y diáfano el sendero que habría de llevarme de nuevo al camino por el que había iniciado esta peculiar andadura por el bosque.

Después de un buen trecho caminando, avisté la aldea en donde me había hospedado. Antes de dirigirme a mis aposentos decidí acercarme hasta la taberna del lugar para saciar el apetito que se acumulaba en mi estómago -poco acostumbrado a estos menesteres- rugía por no darle lo que la naturaleza propia del ser humano se impone cada cierto tiempo.

Más que comer, devoré las viandas que en mi mesa depositaron, regadas con un buen caldo de la tierra. Una vez saciado el apetito y a punto de levantarme entró un señor mayor, de una edad indefinida, la cara tostada por el aire y el sol, se acercó a la barra del bar y pidió un café, note enseguida como no me apartaba la vista de encima, un poco confuso por tan inusitado interés por mi persona, pedí la cuenta al tabernero. Al poco vino este con la citada cuenta y me dijo, el señor de la barra tiene a bien invitarle a un orujo si usted se lo permite, obvio es decir que en esas tierras es costumbre ancestral tomarse ese licor después de una buena comida, y ya que no dejaba de ser un extraño, y no querer hacer un desaire, admití la invitación.

La sorpresa surgió segundos después, ya que el citado señor, se acercó hasta la mesa, con una botella y dos vasos, y con toda la cortesía del mundo me indicó si le ofrecía sentarse a mi lado, hubiese sido un desplante por mi parte, y con la mano le indiqué que podía hacerlo.

Se sentó a mi lado y escanció en sendos vasos una generosa porción del citado licor, alzó su vaso y brindó por la salud y la amistad, le reconocí el brindis y acto seguido bebimos de un solo trago el licor.

Después de una interminable pausa, me miró directamente a los ojos y me espetó, -usted ha estado esta noche en la laguna del bosque ¿verdad?-, me quedé atónito ante tal afirmación, ya que desde que regresé del bosque, no había referido a nadie mi singular aventura, pero antes de que yo pudiese decir nada, prosiguió el lugareño, mire -me dijo-, en estas tierras hay mucho de fábula en las historias que se cuentan, y no seré yo quien diga que no es cierto, pero hay cosas que pasan -y pasarán inadvertidas- por muchos años que lleven aquí a personas del lugar. Usted, -por alguna razón que desconozco-, ha sido elegido, y eso lo convierte en un ser para mi especial, sus ojos le delatan, un simple espectador no caería en la cuenta, pero para para mí, que llevo tantos años en este lugar y conozco todas y cada una de las cosas que inusualmente acontecen, sé muy bien que algo le ha sucedido allá en el bosque, que -por si no sabe su nombre-, aquí le llaman el bosque de la laguna encantada. No se apure ni diga nada, no pretendo ser indiscreto, solo quería que lo supiese, no pasará inadvertido ante personas que al igual que yo, sabemos leer e interpretar lo que muchos solo verían -si quisiera contarlo- una fábula sacada de un cuento, pero los dos sabemos lo que ocurrió, y mejor que lo deje en el interior de su alma y sepa apreciarlo con el paso del tiempo.

Usted volverá muchas veces a Galicia, y cuando no esté aquí, la añorará, es el peaje que debe pagar, y también sé que lo hará.

Se levantó el lugareño, me dio su mano a estrechar y como despedida me dijo, si vuelve por aquí pregunte por Feijido, si no le dan respuesta de mí, acuda al camposanto, al final del camino de cipreses girando a la derecha encontrará una una sencilla lápida con una escueta dedicatoria, vendría muy bien una oración de su parte para el ser atormentado que allí reposa.

Caminó hasta la puerta y antes de traspasar el umbral se volvió y me dijo. Recuerde, al final del camino de cipreses a la derecha.

Días después, y antes de marcharme, acudí de nuevo a la taberna donde me había encontrado con tal peculiar lugareño. Le pregunté al posadero quien era ese hombre tan peculiar que días atrás me había invitado, por la cara que puso me quedé intrigado. No sé quién era esa persona, -me dijo- era la primera vez que lo veía, eso sí, no tenga en cuenta las palabras que escuché le dijo cuándo habló con usted, aquí en estas tierras se habla mucho de Meigas, pero jamás nadie ha visto nada.

De todas formas, -insistí- el señor que me invitó me dio, no sé si un nombre o apellido, que por mis escasos conocimientos de la zona me pareció que debía tratarse de este lugar, ¿y cómo dijo que se llamaba? Feijido, -contesté-, el buen hombre dibujó una sonrisa en su cara y apoyando los codos en la barra me dijo, le invito a un orujo y escuche con atención lo que a continuación le voy a relatar.

No sé si podrá adivinar la edad que tengo, pero si se fija en mi pelo, luzco ya canas, señal inequívoca de que no soy un adolescente, bien, dicho esto y para que se haga una idea, ya cuando yo era niño, mi abuelo, (Dios lo tenga donde merezca) me contaba una historia, que a su vez, su propio abuelo se la había trasmitido a él, y que más o menos venía a decir lo siguiente:

Cuando esta población, que aunque ahora le parezca un villorrio del tres al cuarto, era solamente una aldea perdida en el bosque, contaban que hubo un tiempo en que una familia, venida de no se sabe dónde, echó sus raíces en este lugar perdido de Dios, apacentaban ganado y cuidaban sus campos, cierta noche la mujer se puso de parto, y dado que estaban lejos de cualquier sitio con un mínimo de asistencia sanitaria, no tuvieron más remedio que afrontar el parto el matrimonio solo. A resultas de este acontecimiento nació una hermosa niña, pero la felicidad no habría de ser completa, ya que la mujer después de varios días de sufrimiento, falleció en brazos de su marido, cuentan que sus alaridos de desesperación se escucharon por todos los valles de la comarca, pero al mismo tiempo que enterraba a su amada mujer, juró por lo más sagrado que se entregaría en cuerpo y alma al cuidado de su pequeña.

 

Regó con su sudor la tierra que cultivaba, siempre pensando en un solo motivo, hacer que su hija creciese sana y feliz, le dio todo el cariño que solo una persona que ha sufrido tanto le podía dar, y a fe que lo consiguió, la niña creció y se hizo una mujer de una belleza excepcional, fuera de lo común. Padre e hija gustaban salir al bosque y dar largos paseos al atardecer para terminar en la laguna, y en unos de esos paseos ocurrió algo imprevisto, estando sentados al borde y hablando tranquilamente padre e hija, no notaron que estaban rodeándoles una manada de lobos hambrientos. Cuando se quisieron dar cuenta los tenían encima, el padre hizo lo que cualquier persona en esa situación hubiese hecho, saco su cuchillo de monte y presentó batalla para afrontar a los ávidos caninos que se abalanzan sin piedad sobre ellos, consiguió abatir a tres de ellos gracias a su destreza con el cuchillo, pero el cuarto lobo, -quizá el líder de la manada- se abalanzó por detrás, y cuando estaba a punto de asestarle una dentellada mortal en la garganta, surgió por detrás la hija, y abalanzándose sobre la fiera, la rodeo con sus manos y la arrastro hacia la laguna, evitando así que su padre inevitablemente muriese de una forma horrenda. Entre aullidos y chapoteo del agua el padre veía impotente como su hija, por salvarla daba su vida, en un momento de tan terrible lucha la chica emergió de la laguna, y teniendo aún agarrado a la fiera por el cuello gritó. ¡¡Padre sálvate!! Tú hiciste por mí lo que nadie hubiese hecho, nunca te olvidaré, y juro por lo más sagrado que jamás dejaré que si alguien se acerca a esta laguna le ocurra nada.

Después de decir esto, la chica y la fiera se hundieron definitivamente en la laguna, dejando un rastro de sangre a su alrededor. Ni que decir tiene que el padre desolado no tuvo ni aliento para decir nada, solo le quedaron fuerzas para derramar unas lágrimas e internamente decir una oración.

Cuenta la leyenda que, después de este episodio, el padre dejó todas sus tierras y construyó una cabaña al borde de la laguna, con la intención de ver aparecer algún día a su amada hija surgir de nuevo de las aguas. Pasados muchos años, un viajero anónimo que pasó casualmente por el lugar, entró en la cabaña y vio a un esqueleto tumbado en un camastro, llamó a las autoridades del lugar para que diesen fe de lo que había encontrado, al lado del cadáver solo encontraron una pequeña misiva que rezaba así; mi nombre es Feijido, y no reposaré en paz hasta que mi hija vuelva para hacer el bien que antes de desaparecer en la laguna dejó dicho. Al no tener más datos que afirmasen quien era, las autoridades decidieron que sus restos fueron enterrados en el camposanto, y en una sencilla lápida solo pusieron su nombre y la fecha en que lo encontraron, desde entonces, dicen que la laguna está encantada, aunque jamás nadie ha visto ni oído nada en el citado lugar.

Ya ve, -concluyó el tabernero- si por historias y fabulas queda corto, vuelva por estos contornos algún día, a buen seguro que, si no es la misma, alguna parecida le contarán. Somos una región que se ha alimentado de estas costumbres, y no seré yo quien las ignore, pues siempre hace que personas como usted, vuelvan a menudo a visitarnos, atraídos no solo por la belleza del paisaje, también por las historias de mentes calenturientas, que al amparo de la lumbre en noches de crudo invierno, se las ingeniaban para tener entretenido al personal y de paso, meterles miedo.

 

Le di las gracias por la charla, y salí del local bastante confuso, pues por mucho que me había contado, seguía teniendo esa extraña sensación en la cabeza de que lo que viví esa noche no fue fruto de un sueño.

Intentando quitarle importancia, y para no me obsesionase, subí al coche y me dispuse a partir de regreso, pensando en la cantidad de fotos que tendría que visionar, en las charlas que tendría con mis amigos de lo interesante que es esta tierra, y de su excepcional comida, puse rumbo al sur y enfilé la carretera de vuelta.

Cuando estaba a punto de salir del pueblo para coger la autopista, vi un letrero que indicaba, Cementerio, no pude resistir la tentación y desvié el coche hacia el camposanto, tampoco iba a perder mucho tiempo, y quizá no me iría con la duda corroyendo las entrañas de si fue un mal sueño o realidad.

Aparqué el coche a la entrada, a esa horas nadie pululaba por los contornos, todo estaba en silencio, -por otra parte, como corresponde a un camposanto-. Me adentré por un camino de cipreses, y justo al llegar a la primera esquina del camino, -tal y como me dijo el extraño hombre que me abordó en el bar del pueblo-, giré a la derecha, era obvio que ese lugar no estaba tan cuidado como lo que hasta ahora había visto, la maleza había hecho mella entre las lápidas gastadas por los años y las inclemencias del tiempo, después de un trecho caminado y apartando ortigas, mis incrédulos ojos pudieron contemplar una raída lápida en la que constaba. Aquí yacen los restos de Feijido, encontrado en la cabaña de la laguna en 1890. No sé si por devoción o por superstición, -quizá ambas- musite una oración, que sin lugar a dudas me salió del alma, hice la señal de la cruz y me dispuse a continuar mi camino. Antes de dejar el sendero que me llevaría de vuelta a la puerta volví la cabeza hacia atrás para mirar por última vez la lápida, cuál fue mi extrañeza al notar que entre las letras que había leído anteriormente, ahora estaban cruzadas dos manos agarrándose y mirando hacia el cielo, una era vieja y sarmentosa y la otra joven y de una blancura nívea, debajo del aspa que ejercían las manos ahora se podía leer claramente. Gracias.

Temblando de emoción -y un tanto asustado-. abandoné el lugar. Su recuerdo aún me persigue, pero con la tranquilidad de saber que algo, -por extraño que parezca-, hice bien en esos momentos, y en las noches crudas de invierno, cuando el viento sopla con intensidad y la lluvia deja surcos en los cristales, musito para mis adentros, al fin estáis juntos y podéis descansar en paz.

Mitad verdad, mitad fantasía, esta historia es la que me aconteció, dejo a la libertad del lector a que saque sus propias conclusiones. Aunque como reza el refrán. Yo no creo en Meigas, pero haberlas, ¡¡Ahílas!!




© Copyright José Marín de la Rubia

Prohibida su reproducción, total o parcial sin el consentimiento del autor.


sábado, 12 de septiembre de 2015

TIEMPO DE VENDIMIA







Salvo en contadas personas, ¿a quién no le gusta saborear un buen vino?, estaréis de acuerdo conmigo que a pocas.

Pero cuando llega ese inmenso placer de saborear y llevarse al coleto ese buen trago del caldo de la tierra, todos coincidimos en que la bodega ha hecho un gran trabajo, y como tal lo alabamos y no escatimamos elogios de su buen hacer.

Algo que por otra parte es la verdad, hoy en día hay Enólogos muy preparados en toda nuestra ajada piel de toro.

Todo para nuestro deleite, y de paso, engrandecer, -en tiempos no muy lejanos- la vilipendiada marca de vinos Españoles, como ramplones, simples y peleones.

Hoy los vinos Españoles triunfan en todo el mundo gracias al buen hacer de este gran colectivo vitivinícola.

Pero sin restar ni un ápice de mérito a  las bodegas, que por derecho tienen, y que han logrado este milagro, hay un gran colectivo dentro de esa cadena a la que ahora no se le da tanta importancia como han tenido y tienen, me refiero ni más ni menos que a los vendimiadores.

Sabemos que no corren los tiempos de antaño, en que las condiciones del vendimiador eran penosas, pero aún y así, y por muchos adelantos -que sin lugar a dudas se han dado-  los vendimiadores son el último eslabón en la cadena de producción, cuando en realidad es el primero.

Pero, ¿quién se acuerda a la hora de pasar el trago por el gaznate de esos trabajadores?

Gente abnegada, que por un salario -a veces escuálido- con todo mimo y cariño van arrancando de las cepas esos racimos de uvas, las que después irán a parar a las tolvas para hacer ese mosto, que con el tiempo fermentará, degustaremos y aplaudiremos.

Si hacemos un esfuerzo mental, y nos retrotraemos  pocos años atrás, poco nos costaría visualizar en nuestras mentes a esos vendimiadores, siempre con el cuerpo encorvado, las manos llagadas y el sudor en la frente.

Mientras saboreo un buen vino tinto, denominación de origen Valdepeñas, y de la variedad de uva Tempranillo, he querido hacer este pequeño homenaje, y a todas luces corto para lo que se merecen, a todos los vendimiadores de España, que fieles a sus principios, y a los que les dicten, ponen todo el empeño y trabajo en recoger esos millones de toneladas de uva para que personas como yo, puedan deleitarse en saborear esos grandes caldos que la tierra nos da, y que ellos, desde su anonimato y su humildad nos la hacen llegar.

Desde aquí, hago un brindis por ellos para que no caigan en el olvido.


martes, 17 de febrero de 2015

RECORDANDO LA NAVIDAD









Este país se ha convertido en un basurero de la hipocresía, mientras unos en estas fiestas alababan la celebración de la venida al mundo de Jesús comiendo manjares prohibitivos y regalándose artículos de lujo, otros, el mejor regalo que se hacen es el  dar las gracias al mismo Jesús por consentirles estar un año más juntos aunque no tengan nada que llevarse a la boca.

Un año más he visto con amargura que la crisis no es que pase de puntillas sobre algunas privilegiadas casas, sino que ni siquiera se asoman a ellas, mientras en otras, se tienen que conformar con un trozo de pan y algo con que rellenarlo. Y si de regalos se trata, el mejor regalo que se pueden hacer, es estar juntos y con el amor que la verdadera Navidad les trae seguir así por muchos años.

Lo curioso y a la vez dan nauseas, es que en esas casas en las que no falta ni el más mínimo detalle, bendicen las mesas, dan gracias a Dios y se dan golpes de pecho por todo lo que van a ingerir -y después tirar- mientras en otras, si sobra un trozo de pan, lo guardan para el día siguiente.

Claro que esto es el día a día de esta España a lo largo de todo el año y no debería extrañarme, pero que en estas fiestas queda más patente la desigualdad que existe entre unos y otros.

Hace años que no me gusta la Navidad, algo que ya he dejado patente en muchas ocasiones, pero ahora con la crisis que nos han impuesto los que más tienen, aún me gusta menos.

Es posible que más de uno me llame resentido, o que soy una persona sin sentimientos, pero nada está más lejos de la realidad. Creo en La Navidad, en esa que no se celebra, en esa que deberíamos tener todos a lo largo de todo el año, en esa sí creo.

Creo en el amor, la amistad, el ayudar a los más necesitados, el desear la Paz, el tener un trabajo digno, un techo donde guarecerse, atender a los que sufren enfermedades, el acordarse de los ausentes. Ese es el verdadero mensaje que Jesús nos legó, y que el tiempo parece que a algunos se les trastocado y lo han adaptado a sus miserables vidas llenas de hipocresía.

Lo único que salvo de estos días es ver la cara de asombro y felicidad de los niños, (pobrecitos, ellos no tienen la culpa de lo que hagan los mayores) inocentes manos extendidas para poder tocar a los Reyes Magos, abrir sus ojos llenos de asombro al ver que al día siguiente tienen un regalo. Eso es lo único que salvo.

Por lo demás………….
Seguiré pensando como hace mucho tiempo, siempre será mejor tomarse un plato de lentejas con amor, que un chuletón de buey con odio.


Pepe Marín , 7 de Enero de 2015

viernes, 19 de diciembre de 2014

NAVIDADES EN BLANCO Y NEGRO







Se acerca la Navidad, y con los años que ya tengo, no es que haya perdido la ilusión por estas fiestas, solo que hay cosas que, por mucho que nos empeñemos, jamás serán igual.

Unas veces porque se han visto tantas cosas, que ya cuesta creer, otras, porque muchos de nuestros seres queridos ya no están entre nosotros, y que la Navidad se ha convertido (una más) en una fiesta del consumismo desaforado de esta sociedad que no sabe hacia dónde camina, pero lo que nunca admitiré y aborrezco, es que en estas fiestas hay que ser feliz por decreto.

No obstante, -y a sabiendas que me tildaran de nostálgico-, me gustaría relatar en breves y concisas palabras, (en esta ocasión letras) las Navidades de mi juventud.

En esos tiempos era costumbre en las familias cantar villancicos alrededor de una lumbre, acompañados por la clásica zambomba, echa de piel de conejo curtida  tensada y atada sobre una maceta invertida, la pandereta, una cacerola atacada por una cuchara y una botella de anís estriada rasgada por el cuchillo de la cena, era todo el arsenal de artilugios que necesitábamos para amenizar tan dichosa noche, pero eso amigos, pasó a la historia.

Noche que por otra parte esperábamos ansiosos, ya que era uno de esos días señalados en el almanaque para deleitarnos con una cena que no era al uso, y, aunque no se tratasen de los grandes manjares que ahora decoran las mesas, a nosotros nos sabían a gloria bendita, degustar un pollo de corral en pepitoria, que con tanto esmero y cariño nuestras familias habían ido reservando para tan ilustre noche, no era plato habitual en esos años, aunque ahora nos parezca vulgar e irrisorio.

Y rayando la medianoche, toda la familia nos acercábamos a la Iglesia para escuchar la misa del “gallo”, llamada así por tan intempestiva hora, pero que según la Iglesia había que celebrar, ya que a partir de las doce de la noche se entraba en el día de Navidad, en que según los “eruditos” nació Jesús, y con gran algarabía de todos, hacíamos sonar todo tipo de instrumentos al tañer las campanas a las doce de la noche.

Después de la consabida celebración, era costumbre en nuestro pueblo, sobre todo los jóvenes, ir a la celebración de la “Zonga”, que para quien no sea de la zona, le sonará a baile exótico, pero que no era otra cosa que reunirse las pandillas de amigos jovenzuelos en algún lugar previamente destinado para dar rienda suelta a todo tipo de exaltaciones, y que por regla general, solían terminar, si no con un coma etílico, si con una desmedida alegría por parte de todos los componentes de la panda que nos reuníamos, eso sí, después de haber liquidado buena parte de las provisiones que de nuestra precaria cartera nos habían permitido reunir, entonces, y por consenso general, se disponía hacer una incursión por todo el pueblo para hacer alguna visita a las demás “pandillas” en sus cuarteles de fiesta.

Ataviados con nuestras mejores galas, camisas rotas, pantalones impresentables y algún que otro zapato perdido en cualquier rincón de un vertedero imaginario, y con los restos de nuestras precarias botellas, -en este caso medio vacías-, dábamos la murga con  nuestros mejores ornamentos sonoros para solicitar el preciado trago que a nosotros nos faltaba.

Y al igual que nosotros anteriormente lo hicimos con los que se acercaron a la lúgubre covacha en que nos encontrábamos, y les dimos todo lo necesario para proseguir la fiesta, así nos correspondían a todos a los que osábamos de esa guisa atrevernos a “mendigar” un poco de los preciados licores que pudiesen surtirnos para seguir la juerga, y que mejor modo sino cantando unos villancicos, que a buen seguro no los habría igualado ni el mismísimo orfeón de la iglesia, (por los gallos que soltábamos).

Lo curioso y a la vez increíble era que, al filo de despuntar el alba, todos y en gran armonía, íbamos cantando por las calles del pueblo. Para rematar la noche era de obligado cumplimiento tomar el chocolate, al que algunos se empeñaban en decir –y hacer- que con picante o ajos fritos sabía mucho mejor, y entre traspiés y deseándonos una feliz Navidad, terminábamos abandonando la calle según pasábamos por nuestras correspondientes casas.

Obvio es decir que nuestros queridos padres estaban esperándonos, y que, aunque la reprimenda fuese de órdago por la forma tan calamitosa en la que acudíamos, no podían disimular la sonrisa pensando en que ellos también en sus años jóvenes habían echo igual que nosotros en esas fechas, y ya tenían preparada la cama, para que durmiésemos los etílicos sueños de esa gran nochebuena en los mismísimos brazos de  Morfeo.

Como se puede apreciar, poco ha cambiado en cuanto a celebraciones, pero si hay un pequeño gran detalle que no ha de pasarse por alto.

Y es que al final, todos éramos iguales, tanto al comenzar la fiesta como al terminarla, y así seguía durante todo el año, nunca hubo ni vencedores ni vencidos, todos habíamos disfrutado de una Nochebuena en Paz y armonía.

Y como mandaba la tradición de esos años, allí estábamos todos el día de Navidad en misa de doce, con unas ojeras que ni un oso Panda las podía igualar, para besar los pies del pequeño recién nacido Jesús.

La mayoría de nosotros no comulgábamos con esas creencias que se nos imponían, pero digno es de mencionar que, al margen de toda esa parafernalia que a nosotros nos parecía superflua, nos unía algo más que la celebración en sí de la Pascua, era ni más ni menos que, y a pesar de todo, nos sentíamos unidos en un mismo propósito, ser amigos y pasarlo bien sin menospreciar a nadie.

Pasarlo bien con la familia y con los amigos era nuestra meta, y dar gracias porque un año más pudiésemos celebrar otra Navidad con todos nuestros seres queridos.

Algo que con el paso de los tiempos es imposible de repetir, ya que por el camino se nos han ido tantos seres queridos, que aunque sigamos celebrando la Navidad, como decía al principio, nunca serán iguales.

Me gustaría que, ya que nosotros, los que peinamos canas unos, y a otros, a los que el pelo les brilla por su ausencia, la juventud de ahora, -que justo es decirlo, tienen el derecho y la obligación de divertirse-, acabasen como nosotros lo hacíamos, no solo abrazados a una botella, sino todos juntos y deseándose la paz que cada día necesita más esta sociedad.

A TODOS, FELIZ NAVIDAD 




miércoles, 20 de agosto de 2014

DE CUANDO FUI MONAGUILLO








En  una  tarde gris, lluviosa y ventosa de primeros de Marzo tuvo la ocurrencia mi primo Jesús de sacar a relucir los años en que ambos fuimos monaguillos de la parroquia de nuestro pueblo, y me vinieron a la mente tantos recuerdos de esos días en los que fuimos acólitos, que no tenia mas remedio que ponerme a relatar alguna de las anécdotas que nos acaecieron, lo he ido dejando, pero ahora en que las horas parecen alargarse mas allá de los sesenta minutos establecidos, me he puesto a ello, y para quien le plazca y lo tenga a bien, dejo estos retazos de mi paso como monaguillo.

Los dos éramos unos tiernos infantes cuando nuestras familias decidieron que debíamos estar como ayudantes en la parroquia, ya bien fuese por tradición, ( mis dos hermanos lo fueron anteriormente) o porque quizá era algo que se les ocurrió, lo cierto es que ahí estábamos los dos, con la sotana roja y el blanco roquete almidonado dispuestos a ejercer con suma atención y diligencia lo que a bien ordenasen los sacerdotes que componían el elenco de la parroquia del pueblo, a saber, Don Antonio, Don Fernando y Don Jesús, y por supuesto Dionísio, el sacristán, que era el que se encargaba de indicarnos lo que debíamos hacer.

Entre nuestras tareas principales, la mayor era sin duda la de ayudar en misa, nos encargábamos de que todo estuviese en su sitio y después recogerlo, de esta tarea, que no era la que mas nos gustaba, siempre se podía sacar algún provecho.

Quien ronde la edad del que aquí comenta, recordará que en esos años la misa se celebraba de espaldas a los feligreses, y toda se decía en Latín, para responder al celebrante de misa nos proporcionaron al principio de nuestra entrada un cartón con las plegarias y las respuestas en Latín, a fin de que nos lo aprendiésemos de memoria, vaya si la aprendimos, a fuerza de recitar todos los días la misma liturgia se nos quedó grabado.

Si he de ser sincero, lo que mas nos atraía de toda la ceremonia, era el momento de la Eucaristía, cuando el sacerdote de turno hacia la ofrenda, estábamos ojo avizor a ver que cantidad de vino echaba en la copa, ya que los encargados de retirar lo que coloquialmente llamábamos –vinagreras- éramos los monaguillos, y mas de una disputa hubo para ver quien las retiraba, pues como se había de pasar por detrás del altar y este quedaba tapado a la vista de todos, antes de llegar a la puerta de la sacristía, no sé ahora que ingenio desarrollamos, pero sin perder el paso ni el tiempo, lográbamos echar mano de la vinagrera que llevaba el vino sobrante y dando un largo y rápido trago, desaparecía dentro de nuestro gaznate en un santiamén, nunca mejor dicha la frase.

De esos momentos de celebración de la misa me viene un interés por los gestos de las personas que no he dejado de seguir teniéndolo en toda mi vida, a decir, cuando llegado el momento de la epístola el sacerdote se ponía cara al público y después de leer el correspondiente texto del Evangelio solía dar una pequeña charla o sermón, según quiera cada cual interpretarlo, momento en el que los monaguillos debíamos sentarnos en los escalones superiores de la escalera que van hasta el altar de cara al público.

Como mi intención no era la de escuchar el consiguiente sermón, para entretenerme me dio por estudiar los gestos de las personas, y de ellos sacar conclusiones, no voy a dar nombres, pues seria de muy mal gusto, además de impropio, ya que muchas de esas personas a las que mi pequeña sesera sometía a estudio ya fallecieron. Aprendí mucho más de lo que me imaginaba, y después de tanto observar, llegué a conocer a muchas personas por sus gestos.

Había una función –entre las muchas que teníamos- que nos gustaba y disfrutábamos, tocar las campanas, en aquellos tiempos no existían los mecanismos automáticos como ahora, y eran lo monaguillos los encargados de avisar con el repique de campanas los distintos actos que se iban a celebraban. Cualquiera de ellos nos gustaba, pero de todos, uno que sobresalía, era tocar a misa de doce los domingos, como había que tañer la campana “gorda” como coloquialmente le decíamos, y de ésta no llegaba la cuerda hasta abajo, debíamos subir al siguiente piso donde colgaba la maroma, el “juego” -por llamarlo de alguna manera-, consistía en que al ser muy pesada, una vez que tirabas y dabas el primer tañido, obviamente por el peso de la citada campana y el volteo, la cuerda subía hacia arriba, y ahí entraba la diversión, nos agarrábamos con fuerza a los nudos que tenia la maroma y dejábamos izar hacia arriba nuestros pequeños cuerpos, cuando volvíamos a pisar el suelo, rebotábamos de nuevo, y así, como si de una feria se tratase, subíamos y bajábamos con gran regocijo hasta que había que dejar de tocar, entonces al llegar al suelo, soltábamos la cuerda, y por la inercia la campana aún daba un par de vueltas mas, y nosotros bajábamos con una sonrisa de oreja a oreja y echando a suertes a quien le “tocaría” el siguiente turno.

De esa época de monaguillo también me salio la vena de explorador, ya que en cuanto podíamos y no teníamos otra función que hacer, lo dedicábamos a explorar los mil y un recovecos que la Iglesia tiene. Muchas leyendas han circulado acerca de pasadizos secretos, y para ser sincero, haberlos los hay, aunque no voy a descubrirlos, en parte porque de esto hace tantos años que algo en la memoria se borra y no está uno muy seguro, y por otra parte, porque así queda la incertidumbre para que otras generaciones sigan elucubrando e investigando.

Otra función que siempre esperábamos ansiosos eran las procesiones, como estas son  limitadas a lo largo del año, siempre había alguna novedad, y nos encantaba asumir nuestro papel de ir por delante de todos, así como la libertad que teníamos para pasar el “cirial” a otro compañero y pasear entre las filas de las señoras alumbrando con sus velas el paso, y con la picardía de esos cortos años, y a sabiendas de antemano que nadie iba a descomponer la fila para salir detrás nuestro, soplábamos las velas con el consiguiente cabreo para quien la portaba, a nuestro regreso y con gran regocijo, hacíamos recuento para ver quien había apagado mas velas.

He de decir en honor a la verdad, que no todo fue alegre y divertido, también hubo sus
días monótonos y tristes, sobre todo cuando debías de acompañar al sacerdote de turno a dar los “Santos Óleos” es decir, la extremaunción a algún moribundo, no era plato de buen gusto entrar en una casa, y cuando la familia nos veía, sabia que, cuando entrábamos nosotros, una vida saldría por la puerta para no regresar jamás, pues de todos es sabido que en esas circunstancias a los sacerdotes, por esos tiempos que vestían una impecable sotana negra, se les llamaba pájaros de mal agüero, pues como anteriormente queda dicho, quizá fuese lo último que vería en este mundo el infeliz moribundo al que visitaban.

Podría alargarme mucho más, pero  no es cuestión de cansar al hipotético lector, con estas tribulaciones de añoranzas que en un momento me invadieron.

Solo comentar como colofón mi final como acólito. Fue entre la misas que se celebraban  a las diez del domingo y la de doce. Como estos intrépidos monaguillos no sabían en que ocupar ese espacio de tiempo, solo se nos ocurrió la grandiosa idea de hacer de los bancos de la Iglesia puestas a modo de vallas, ir saltándolas desde el principio del altar hasta la puerta, la fortuna en esos momentos me fue esquiva, y cuando me disponía a saltar mis últimos tramos, apareció de improviso Don Antonio, y al verme de esta guisa, con los faldones de la sotana roja arremangados y dando brincos sobre los mencionados bancos, se vino hacia mi, me agarró, y sin soltarme la oreja presa en su mano izquierda, con la diestra me propino un pescozón en la cabeza, me hizo mas daño el verme tratado de esa manera que el sopapo que me había atizado, y soltándome de su mano, agarré el roquete y la sotana y allí mismo lo tiré a sus pies, le dije que ni mi padre me había pegado nunca, y no iba a consentir que por muy cura que fuese el lo hiciese, y tomando la puerta, me dirigí hacia mi casa.

Lo que vino después ya se pueden hacer a la idea, pero esa seria otra cuestión que mejor no tocarla por el momento.


NOTA: Cuando pasaron muchos años, y poco antes de fallecer Don Antonio, fui a visitarle a su casa de Valdepeñas, y entre recuerdos me dijo, Pepe, ni tú ni yo ya somos los mismos, me pidió perdón a su manera, y yo como es natural se lo concedí con una sonrisa.





sábado, 30 de noviembre de 2013


LAS QUE TIENEN QUE SERVIR






No pretendo en este pequeño articulo reescribir el guión de la famosa película protagonizada entre otros por Cocha Velasco y Amparo Soler Leal, pero es que hoy en día ya no se usa esa palabra para las personas que iban a ganarse el sustento, y en muchos casos, el de toda la familia.

Hoy se les nombra con el pomposo nombre de “Empleadas de Hogar”, aunque no dejan de hacer los mismos trabajos que años atrás hacían otras mujeres que, aunque tengan una ventaja sobre ellas, ya que ahora tienen mas medios que les ayudan a realizar las tareas propias de un hogar, lavadoras, secadoras, aspiradoras y un sin fin de artilugios, no dejan de ser las fámulas que se exigían en esos tiempos, visto así, parece que el tiempo se ha detenido, que para nada han cambiado los estatus sociales.

Cierto es -como decía anteriormente- que ahora no tienen que fregar los suelos a mano y de rodillas con estropajos, que mas bien parecía una penitencia, que una tarea domestica, la popular fregona, aún quedaban años para inventarse, para bien de muchas mujeres.

Las tareas de lavado de ropa, para que contar, si con ver sus manos llenas de sabañones y llagadas ya se podía intuir el esfuerzo que debían hacer, no obstante, que nadie crea que solo eran  esos los trabajos mas arduos que tenían que realizar, no, aún quedaban tareas a las que  hoy clasificaríamos  como infrahumanas.

Entre otros menesteres propios del trabajo que tenían que  realizar, debían tener ingenio para sacar brillo a las baldosas del piso, frotándolas con arte y esmero en aceite de linaza para que no perdiesen el color original, limpiar el polvo de un sin fin de cachivaches que se acumulaban en las alacenas y estanterías, para que cuando viniese el “señorito”, no tuviese la mas mínima queja de cómo todo estaba en su sitio, pulcro y ordenado.

Estos señoritos, a los que gustaba ir a misa de doce el domingo y darse multitud de golpes en el pecho para que viesen todos los convecinos que ellos eran los mas castos, eran los que tenían en sus casas a una cuadrilla de esclavos por un mísero sueldo para, con gran regocijo de quien por las tardes iban a tomar el chocolate con bizcochos a sus casas,  alardear de lo limpio que tenia todo, y que gracias a la mujer que Díos le había dado en suerte, podía vanagloriarse de ello.

No obstante aún quedaban tareas que aún no he descrito, y que también eran de curso habitual.

Entre estas tareas aludidas y mientras las realizaban, debían preparar la comida de toda la familia, y no como ahora se hace, las cocinas eran en su mejor caso de carbón, aunque las mas frecuentes eran de leña, pero que de cualquier manera, debían prepararlas, yendo normalmente al lugar donde se almacenaba el combustible, que generalmente era el patio interno o corral, portarla y llevarla hasta la cocina, no importaba la estación del año por la que se atravesaba, ya podía ser un caluroso verano con temperaturas que ni en el infierno resistirían, como si en el invierno lo mas cálido que se podía encontrar era el Polo Norte.

Si a todo esto añadimos que la familia en cuestión tenia niños pequeños, era el deber y obligación cuidar de ellos, ya que por norma general, la dueña de la casa solía tener todos los días unas jaquecas que ni el mejor de los galenos de esos tiempos era capaz de curar, y no era plan que se levantase el ama de casa y contender con unos alborotadores y ruidosos niños que le hacían la vida imposible de llevar.

Por esos tiempos que relato no existía la seguridad social, eso estaba por llegar, y cuando alguna persona se ponía enferma, debía ser gravísimo para no acudir al trabajo antes de que el sol saliese por el horizonte ya debía estar camino del deber, ya podía ir temblando de fiebre que no había mas remedio que acudir, si no acudías, en primer lugar no cobrabas, y en segundo, pues ya caías en desgracia, la palabra mas usada era, ¡¡ pues yo creía que era usted mas fuerte!! de seguir así, tendré que pensarme en ir buscando a otra moza que esté mas sana y no sea tan floja.

Pena da que, a la vuelta de tantos años y de creernos que todas estas calamidades habían quedado atrás, resulta que no, que estamos igual.

Hace pocos días, una persona conocida de mi entorno, angustiada por la precariedad del trabajo y con la necesidad de llevar a casa algo de dinero para poder seguir subsistiendo, y aunque con una categoría profesional superior a lo que se supone que se exige para hacer esa clase de trabajos, acudió a una entrevista para “supuestamente” hacer solo la comida de una clase de gente que no tiene nombre, ya que en el infierno aún no han hecho el censo para ponérselo, aunque sé de buena tinta que esperarlos, los esperan allí.

Le dijeron que si, que era suyo el trabajo y que solo tenia que hacer la comida para doce personas, pero claro, que con el tiempo de que disponía, -ocho horas-, se supone que tenia que limpiar la casa también, y de paso ir a la compra y atender a una persona casi imposibilitada, y con un sueldo de 450€ al mes, si, he dicho bien, 450€ y sin seguridad social, y que debería estar agradecida de poder decir que por fin había encontrado un trabajo y bien remunerado según están los tiempos, claro, los tiempos que esa clase de gente les interesa que sigan.

Dicho lo dicho, ¿alguien duda de que algo ha cambiado?, y de que las que tienen que servir son como personas de tercera categoría, sin derechos y con muchas obligaciones.

Y ya puestos a elucubrar, deberían ir pensando como en Estados Unidos hasta no hace tanto tiempo, que se ponía en duda de si los negros tenían alma, y por ese motivo bastante favor les hacían en ser sus esclavos y dejarles vivir.

Quizá alguien que lea esto pensará en otra película que los retrataba aún mejor, Los Santos Inocentes, lo dejo a voluntad del eventual lector.

Vaya este pequeño recuerdo en memoria de todas esas personas que tuvieron que soportar el servir y dejarse la piel por el camino a cambio de un mísero salario, y a las que por desgracia, lo están haciendo en la actualidad en pésimas condiciones.

NOTA: Aunque la práctica habitual era y es la que he tratado de describir, en honor a la verdad, hay que decir que siempre ha habido y hay excepciones, y no en todas las casas, ni las trataron ni las tratan así.
A dios lo que es de Dios, y al Cesar lo que es del Cesar.

domingo, 27 de octubre de 2013

HOMENAJE A UN ALFARERO





Hay un oficio llamado Alfarero, tan antiguo como podamos imaginar, y que a día de hoy solo quedan unos cuantos, más por vocación, que por ganarse la vida con ese ilustre y bello trabajo.

Artistas del barro, que solo con sus manos componían, desde los más elementales utensilios del hogar, hasta la más sofisticada obra que les pidiesen, su caudal de imaginación no tenia límites.

Los tiempos modernos se los tragaron al igual que otros muchos oficios, siempre he considerado que no hay que ir en contra del progreso, algo intrínsecamente ligado al ser humano, pero no sé si por nostalgia, o por esos años que quedaron atrás, y que ya no volverán, los echo de menos.

No había pueblo que se preciase que no tuviese sus Alfareros, y el mío no era una excepción, los había, pero yo tenía uno especial, mi tío Roque. Como no recordar los momentos tan felices que pasé junto con su hijo, mi primo Jesús viéndole en su trabajo.

Las tardes que podíamos ir a la Alfarería donde trabajaba son recuerdos imborrables, ¿hay algo que haga mas feliz a un niño que dejarlo retozar sobre el barro libremente?, a pesar de los mas que seguros pescozones que teníamos asegurados de nuestras madres, no nos importaba, mi tío, con su sonrisa y  los ojos, nos alentaba a seguir jugando, era un hombre parco de palabras, pero ahora me doy cuenta que sabia perfectamente lo que nos hacia felices, y nos dejaba jugar tranquilamente, entre lo que en el pueblo denominábamos “Greda” a la Arcilla.

Aquel fantástico hombre, al que nadie parecía darle mucho merito, sentado en su puesto de trabajo se transformaba, era capaz de modelar con sus manos cualquier trozo de arcilla en bellos recipientes.

Me quedaba embelesado viendo como por arte de magia de una porción de barro surgían, bien una taza, una hucha o cualquier objeto que se propusiese, y al mismo tiempo me llamaba enormemente la atención que, mientras estas composiciones hacia, no dejaba de darle a la rueda del torno con los pies sin perder la concentración.

Como queda dicho anteriormente, el progreso hizo que apareciesen los utensilios de porcelana, y la “Loza” se vino abajo como un castillo de naipes, y el viento de la desesperación hizo su aparición en tantas casas dedicadas a estos oficios.

No quedaba mas remedio que emigrar, y así lo hizo mi tío con su mujer e hijo, se trasladaron a Madrid. Allí trabajó en todo lo que pudo durante años, y cuando la desgracia asomó una vez mas a su puerta por el fallecimiento de su mujer en un fatal accidente, aguanto poco en un Madrid que para el –aunque no lo dijese- le venia grande y se sentía solo y desamparado, ante tal coyuntura, decidió volver a su pueblo natal, Santa Cruz de Mudela, y en la casa que tenían allí, vivió sus últimos días.

Tardes festivas las que pasamos en nuestra niñez, y que ahora, con el tiempo, sabemos valorar en toda su dimensión.


Vayan estas palabras como homenaje a un Alfarero, que para mi suerte, era mi tío Roque.

viernes, 4 de octubre de 2013

DÍA 6 DE OCTUBRE UN SIGLO PARA MI MADRE





¿Que es una vida? casi nada comparado con la eternidad, pero cuando vemos a una mujer, -en esta ocasión mi madre- cumplir un siglo, es decir 100 años, nos paramos a pensar.

Y pensar en este caso concreto, es pensar en las penurias que ha soportado a lo largo de su extensa vida. Ejemplo para muchos, -entre ellos yo me incluyo-, que por cualquier devenir, por muy ínfimo que sea, ya nos estamos quejando.

Viuda desde que mi querido padre decidió irse al Cielo, (pues en otro sitio no estará), ha sabido soportar los rigores de esta ajetreada sociedad que llevamos, eso si, como ella dice, y muy bien dicho, viviendo como se vivía “antes”. Mujer de casta, Manchega de pura cepa, de las que nunca se arredraron por nada, así es como se forjó

Habrá mas de uno que pensará que para qué tanto padecer si al final todos vamos a parar al mismo sitio, cierto es, pero mi madre es un ejemplar, si no único, de los que pocos van quedando.

Ha sabido, -y lo sigue haciendo-, hacer y llevar a cabo los sacrificios que la vida le impone por muy duros que sean, se queja, ¡¡ como no se va a quejar!! si nos miramos a nosotros mismos y tenemos menos edad y nos quejamos, como no permitirle ese pequeño consuelo de saber quejarse.

Aún sigue diciendo que ella no quiere un bastón donde apoyarse, pues eso son cosas de “viejos”, y aunque a veces la melancolía le invada, saber sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante.

En este día se acordará de su “Manolito”, su esposo y mi padre,  jamás ha olvidado el día 12 de Octubre, día de la Virgen del Pilar, ya que para ella es una fecha sagrada, día en que celebró sus esponsales con la persona que quería, y a la que nunca ha olvidado por muchos años que hayan pasado,  le sigue guardando el mismo cariño con el que lo conoció.

Gracias madre por haberme dado el placer de la vida, gracias a ti puedo decir lo que siento, sin ti, yo jamás habría existido, y teniendo, como tenemos los humanos la conciencia de la existencia, es corto lo que en estas breves palabras puedo decirte.

Gracias por haberme cuidado y poder contar a los cuatro vientos que, por muchos años que pasen, y lo que pueda acontecer, siempre te estaré agradecido por haberme dado la vida

Un beso muy fuerte.

Tu hijo

Pepe

martes, 27 de agosto de 2013

DE LOCOS "EL TONTO DEL PUEBLO"





¿Cuanto no se habrá escrito sobre los locos? quizá demasiado, o quizá mejor, no se ha acertado en todo lo que se dijo acerca de estos seres marginados. A cuantos -contándome a mi el primero- no nos habrán dicho locos, ¿por qué? ¿por decir las verdades?.

En esta sociedad, todo lo que no sea diga políticamente correcto, ¿de donde sacarían esa palabreja?, es que no están en sus cabales.

Parece ser que a lo largo de la Historia hubo muchos “descabalados”, por poner solo dos ejemplos, -se podrían citar muchísimos mas- entre ellos Oscar Wilde y Kafka, después, cuando ya era tarde y la historia les hizo justicia, los encumbraron a lo mas alto, como se dice en mi pueblo, después del burro muerto, la cebada al rabo, ¡¡ que hipocresía !!

Recuerdo muy bien -al que por mala costumbre- se le solía llamar el tonto del pueblo, que no era otra cosa que un ser apenado por sus fantasías y “locuras”, pero que jamás hizo mal alguno, aunque claro, cuando querían reírse de el, o que alguien dijese lo que no se atrevía a decir, lo llamaban al bar de la Campana, allí le daban a beber unos cuantos botellines de cerveza para que soltase la lengua, ¡¡y vaya si la soltaba!!, decía las verdades como puños, pero como era el tonto del pueblo, no se le tenia en cuenta, eso si, se enteraban de todos los aconteceres del pueblo y de sus vecinos, pues como nada tenia que ocultar, y a veces pienso yo, que escudándose en que “creían” que estaba loco, soltaba todo lo que otros ya sabían pero no se atrevían.

Creo que en su locura, debía reírse en su fuero interno, de decir todo lo que le apetecía, sin ser crucificado como a muchos de los allí presentes les ocurriría.

Esta persona, “el tonto del pueblo” terminó sus días lejos del pueblo, al lado del Mediterráneo, viviendo una vida placida, y dejando escapar su imaginación viendo hacer surcos en el aire a las Gaviotas. Estoy seguro de que en mas de una ocasión se acordó de su pueblo y de sus gentes, y me lo imagino torciendo el gesto y dibujando una media sonrisa mientras pensaba, ¡¡ yo no estaba loco, los locos eran ellos!! no se atrevían a nada y vivieron unas vidas vaciás e insulsas, vegetando en vez de vivir.

Moraleja

  • Quien parece tonto, no siempre lo es.
  • ¿Cuáles eran los verdaderos tontos de la historia?
  • "El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser "tonto" delante de un tonto que aparenta ser inteligente.
Pepe Marín




domingo, 11 de agosto de 2013

LOS SEGADORES







SEGADORES





Hace unos días que una buena amiga de Santa Cruz me envió una foto espectacular de un campo de trigo Manchego segado. Era un atardecer precioso, con ese contraste de oro y púrpura que es la nota de color predominante en el estío de esos campos recién segados, y mira por donde me vino a la memoria algo que parece que fue soñado por mí.

Recuerdos de otros tiempos, en los que no existían las máquinas para hacer más llevadero el arduo trabajo al que se sometían muchos hombres y mujeres de nuestra querida España.

Llegando mediados de Julio se veían aparecer por el pueblo lo que entonces llamábamos “cuadrillas” de segadores, venidos de todos los rincones de la geografía, para buscar el ansiado trabajo, y así poder mitigar en parte, las penurias que se atravesaban en esos tiempos.

Hasta aquí -aparentemente- todo parece normal, pero estrujándome un poco mas mis meninges, se fue haciendo un hueco en mi memoria de cómo trabajaban y vivían esas personas, así es como yo lo viví, recuerdo y lo cuento.

A los niños que éramos entonces, nos causaban no miedo, pero si respeto cuando llegaban las cuadrillas, normalmente eran hombres, aunque alguna mujer también había, su indumentaria los delataba, y no precisamente por lo pintoresco, sino todo lo contrario, el atuendo típico solía ser, pantalón de pana, la mayoría con unos parches o remiendos de otro color en la parte delantera de las perneras, camisola parda suelta a la usanza, un pañuelo anudado al cuello del que llamaban de “hierbas” y un gran sombrero de paja, rematado todo con unas abarcas o sandalias de tiras de cuero en los pies y una faja anudada alrededor de la cintura, de la cual, por regla general, solían llevar entre ella la hoz, ya que era su principal herramienta con la que debían trabajar, y a la espalda un hato con las pocas pertenencias que tenían, y que trasportaban de un lugar a otro, normalmente lo hacían caminando, o si el caso se daba y tenían algo de suerte, algún campesino que se trasladaba de pueblo se prestaba a llevarlos hasta donde pudiese, e iban sentados detrás de la humilde galera con los pies colgando como muñecos inertes.

Los que más recursos tenían, si es que se podía decir a eso recursos, pernoctaban en la posada de Maximino, pero la mayoría, habrían de descansar sus maltrechos huesos en un inmundo lugar que, previamente les había asignado el contratador para las faenas de la siega de sus campos.

Aunque siempre alguien se hacia eco de habladurías, contando que los segadores tenían mala fama por pendencieros, nunca se habló mal de los que por allí pasaron.

Trabajando de sol a sol, así es como lo hacían, con las espaldas encorvadas y la hoz en su mano, solo miraban al frente de cuando en cuando par ver si les cundía la faena que tenían, que por mucho que quisieran, poco les alegraría, ya que después de esos campos, otros los esperarían.

Detrás iban las mujeres haciendo haces de las espigas esparcidas, mientras otros las pinchaban con horcas de tridente, y con gran esfuerzo, a los carros las subían, que poco a poco iban llenando para después llevarlas a las eras y comenzar la trilla.

Y allí en la era, unos las esparcían, otros las removían, y terminada la trilla, otros las ablentaban para separar el candeal de la paja, y así pasaban los días.

Con que gusto nos comíamos ese pan tan blanco y a que poco nos sabia, muchas veces sin saber, que sudores por el corrían, de esos segadores a los que pocos aludían.

Gracias a esa bendita gente este que suscribe, -y tantos que no diría-, hemos podido crecer en paz y buena armonía.

Que no se les deje en el olvido, que no pasen los días, en que no nos acordemos de que una vez, gracias a los segadores, podemos seguir contado el día a día.



En recuerdo a los Segadores, olvidados por tanta desidia.



José Marín de la Rubia


domingo, 7 de abril de 2013

DE CUANDO FUI BOTONES EN EL CASINO








Rondaba yo los 9 años de dad, con lo cual, -ya que no me importa decir la edad- estábamos en el año del Señor de 1959 cuando fui ensalzado al grado de Botones del Casino, para los que conocen el pueblo, Circulo de Recreo, y coloquialmente hablando, el Casino de los señoritos.

Con mi incipiente pubertad por llegar, ya me había convertido en un asalariado mas de mi familia, (que gracia tiene esto), e ingresaba un jornal de nada mas y nada menos que ¡¡30 duros al mes!!, que si hacemos la conversión de las pesetas a los actuales y “antipáticos” euros, suponía 0,90 céntimos de euro mensuales.

Fue un trabajo improbo, ya que tenia que dejar de ir al colegio por las tardes y acudir a mi cita diaria para atender las solicitudes de tan ilustre personal que por ese lugar solía concurrir, pero las circunstancias mandaban, y había que hacer frente a las penurias que en esos años “casi” todos padecíamos.

No obstante fue un buen aprendizaje en la vida, ya que pude observar lo mejor y lo peor que llevamos dentro el ser humano, y a fe que me vino muy bien, ya que aprendí algo tan sutil e importante como no perder nunca la dignidad, cosa que en muchos adultos que veía en ese tiempo y lugar, era algo que parecía no importarles mucho.

Ya me advirtieron que, de lo que viese o escuchase allí, nunca debía mencionarlo, y como buen cumplidor de mi palabra, solo comentaré algunas anécdotas, pero sin mencionar nombre alguno, para así, no herir la sensibilidad de esas grandes personas, que se jugaban -hasta si era preciso- la mujer en una partida de cartas. Hecho este que circulaba por los corrillos del pueblo, y que a buen seguro que tal y como dice el refrán, -cuando el río suena, agua lleva- .

Allí conocí a personajes ilustres -como comentaba antes, al que no viene al caso aludir-, que viendo como todos los ahorros de una vida se iban en un suspiro en el juego del Gilei,, las siete y media u algún otro juego similar, no reparaban en sacarse el reloj de oro de su muñeca y ponerlo encima del tapete verde para ver si así cambiaba su maldita suerte jugando todo a una sola partida.

Yo, que ganaba lo que he comentado al principio, y con mi escasa cordura de la niñez, no dejaba de sorprenderme ante tamaña injusticia, ya que mi familia tenia que hacer grandes esfuerzos para salir adelante, mientras otros dilapidaban fortunas en una sola noche.

Tuve que sufrir la falta de ética que se nos presuponía a los pobres asalariados, y devolver el billete de 5 duros, que con alevosía dejaron tirados en el suelo de la pequeña biblioteca para ver que grado de honradez tenia. Gracias a mi querido padre, que antes de que yo pusiese el primer pie en el susodicho Casino me advirtió, -Pepe, si ves algo que no está correcto, nunca lo hagas-, ¡¡jamás se te ocurra coger dinero que no te pertenezca!!, devuélvelo a tu superior, ya que el sabrá que hacer, al mismo tiempo que tu quedarás exento de querer aprovecharte de algo que no te pertenece y garantizaras tu honradez y la de tu familia.

Creo que con lo expuesto hasta ahora, os podéis imaginar hasta donde llegaba la “confianza” que se depositaba en los que solo íbamos a ganarnos un “misero” jornal para salir adelante, pero bueno, no solo ocurrieron estos hechos, -para fortuna mía-, ya que hubo de todo como en la viña del Señor.

No todo fue nefasto, también tengo recuerdos gratos en el tiempo que duró este pequeño y audaz trabajo, aconteceres mas o menos alegres, divertidos y hasta audaces.

Cuando llegó el carnaval, cierto es que me lo pasé de lo mas divertido, en aquellos tiempos era muy típico -al menos en el Casino- tener un “organillo” con el que amenizar las fiestas, y obvio es decir que me lo pasaba “bomba” dándole a la manivela y como por arte de magia surgieran unas melodías que hacían bailar al menos dado a ese arte.

En esos tiempos conocí por primera vez el afable e inquebrantable “Nati”, que ya apuntaba maneras de lo que iba a ser su vida, persona dicharachera y presto a hacer las delicias de los que por allí trabajamos para hacernos reír, y que decir del encargado de la cafetería, Sabino, gran persona y mejor trabajador, servicial donde los hubiese, creo que si la memoria no me falla, fue el primero en ofrecerme un café con leche, pena me da -ya que aún vive- de ver como no puede valerse por si mismo.

Allí también comencé a ver por primera vez la televisión, (en blanco y negro) que nos parecía algo mágico, y como no, recuerdos imborrables de atender el teléfono, aquel teléfono negro de baquelita adosado a la pared, y al que tenia que poner una silla para poder acceder y descolgar, no es que haya crecido mucho en mi vida, -corto de talla que es uno- pero ya os podéis hacer una ligera idea la altura que tenia este pequeño ser para atender semejantes circunstancias y responder con presteza y diligencia las llamadas, no sé como no me pegué algún batacazo cuando corriendo iba y me encaramaba al sillón y descolgar el teléfono, tenia su por qué, ya que la mayoría de las veces preguntaban por algún cliente asiduo para darle un mensaje, y como recompensa había propina para el transmisor, -en este caso yo- ¡¡ imagínense lo que se podía hacer en aquellos tiempos con una peseta !!, y eso, -que para ellos era una miseria-, para mi era todo un tesoro con el que podía comprar infinidad de chucherías, aunque generalmente me lo ahorraba para poder comprar en casa de Melanio el famosisimo Guerrero del Antifaz, o en su caso si no lo había, El Jabato. Cualquiera que haya vivido esa época sabrá a que me refiero, todos los chicos estábamos como locos por esos folletines del tres al cuarto, claro, eso es lo que me parece ahora, pero en nuestra pequeñas seseras de entonces, nos parecía lo mas espectacular que se había escrito.

Quizá por leer ese tipo de bodebiles en versión cruzada, tuve la suerte de poder salir airoso de una escaramuza con chiquillos de mi edad.

Invariablemente todos los días, el conserje del Casino, que era mi jefe directo, me hacia ir a la confitería de Casa Arenas a por unas Magdalenas, que con un buen vaso de café con leche se merendaba con verdadera fruición.

Al cabo de unos días, pude observar como una pandilla de chavales de mi edad, -creo que eran unos cuatro- no hacían nada mas que seguirme y burlarse de mi y mi atuendo, ya que si antes no lo había mencionado, tenia que llevar obligatoriamente una vestimenta apropiada para el fin que estaba desarrollando, (lastima no haberme echo una foto de esa guisa), consistía en un pantalón largo y una chaquetilla abotonada hasta el cuello con botones dorados y de color gris claro la tela.

Como a mi me habían educado de manera de que no me metiese en líos y obviase cualquier provocación, no les di importancia, y sin prestarles la mayor atención, hacia mi recorrido habitual sin importarme lo que dijesen, no sé si fue acertada mi actitud, ya que, esta mencionada cuadrilla se envalentonó ante mi pasividad, y un buen día noté que no me seguían, volví yo de nuevo con el citado encargo diario y me encontré de improviso que, en el cancel que daba entrada al Casino se habían apostado para esperarme con el ánimo de ultrajarme lo mas que pudiesen, mi sorpresa fue mayúscula, ya que el que parecía ser el cabecilla del grupo se adelantó y le pegó un mandoble a la mano que soportaba las citadas Magdalenas tirándolas al suelo, no se como, pero supe en ese momento que la cosa pasaría a mayores, y mi mente saturada de los tebeos del Guerrero del Antifaz hizo su aparición, recordé que una de las premisas en las peleas y guerras era que, si derribabas al jefe o cabecilla, los demás se retirarían en desbandada, faltos de las ideas del que consideraban su adalid, dicho y echo, no se de donde saque el valor y las fuerzas, pero mi puño cerrado fue a impactar directamente con la nariz del mencionado cabecilla, y un hilo de sangre comenzó a salir por sus fosas nasales, antes de que pudiesen reaccionar, volví a la carga y descargué una patada no se donde, pero hizo el efecto que esperaba, se retiró a un rincón gimiendo, mientras los demás miraban con asombro como su jefe se batía en retirada, en ese instante solo me quedaba una solución, ahora o nunca, y armándome de un valor inexistente dije, ¡¡ ahora el siguiente !!, ni que decir tiene que ante el alboroto y la cobardía que se apoderó de la banda, salieron corriendo como si el mismísimo diablo les persiguiese. Compungido y aún temblandome las piernas, noté como se abría la puerta del Casino y aparecía el conserje, al ver su anhelada merienda en el suelo me espetó, ¿ que ha pasado Pepe ? Nunca sabré si hice bien o mal, solo se me ocurrió decirle que, a la entrada de la cancela había tropezado y se me había caído el paquete que con tanto esmero le traía a diario, para mi extrañeza, puso cara angelical y dijo, no te preocupes, a cualquiera le puede pasar eso, acto seguido se metió la mano en el bolsillo y me dio unas monedas diciéndome, no te apures mucho y ve a comprar otras, que esto tiene solución.

A partir de aquel día, vi al conserje de otra manera distinta, supe que entre todo lo que allí se encontraba dentro, y que creía que estaba podrido, alguien había que se salvaba de esa idea que había calado en mi corta sesera.

Cabe reseñar que, un tiempo después de nuevo apareció la susodicha pandilla, pero cual no fue mi sorpresa que se acercaron a mi y en un tono de lo mas conciliador me espetaron, -eres todo un valiente, si alguna vez necesitas de nosotros, aquí estaremos para ayudarte-.

Jamás volví a verlos, o al menos mi memoria no recuerda de que hubiese algún encuentro mas, solo sé, que a partir de ese momento sentí que, está bien ser buena persona, pero si te dejas avasallar por las circunstancias, cualquiera puede hacerse con tu voluntad.

Creo que me  he extendido demasiado en mi relato, cierto es que hubo mas anécdotas, a cual mas curiosas, pero el lector sabrá apreciar y leer entre lineas que, ni todo acaba bien, ni acaba mal, solo es según el cristal con que se mire.