domingo, 27 de noviembre de 2011

EN RECUERDO DE MI ABUELO

El Tic-Tac de un Reloj

Mi abuelo materno, Raimundo de la Rubia, conocido como “El Puga” tenia un reloj de bolsillo, desde muy pequeño me embelesaba escuchando el tic-tac del reloj de mi abuelo, el con sus manos sarmentosas y llenas de callos de tanto trabajar me lo arrimaba a la oreja y me preguntaba, ¿que dice? y yo siempre le contestaba lo mismo, Pepe, Pepe, Pepe.

Tanto es así, que a la familia dejó dicho, el día que yo muera, el reloj será para mi nieto Pepe. Y así se hizo y se cumplió, cuando falleció, y a los pocos días reunida la familia, quisieron repartir los pocos enseres que de él habían quedado, alguno de sus hijos quiso quedarse con el reloj, pero ante todos se dejó escuchar la voz de mi abuela y sentenció, el reloj lo tenia prometido a su nieto, y no seré yo quien incumpla su voluntad. Todos asintieron y me fue entregado lo que para mi era un tesoro y el lazo de unión a mi querido y añorado abuelo. Aún lo conservo, y salvo que ocurra una gran desgracia, será mi hijo el que lo herede después de mi. No sé -ni nunca me ha importado- el valor que pueda tener el citado reloj, nunca me paré a averiguarlo, y sé que rondará el siglo, -si no es que lo ha pasado- , pero el valor real que tiene, es lo que encierra en su vetusta y parada maquinaria, el amor de un abuelo, y eso es mucho mas que cualquier precio que me pudiesen ofrecer.

Aún parada su maquinaria y cuando lo acerco a la oreja, sigo escuchando su tic-tac, quizá sean fantasías mías, pero dentro de ese reloj, aún está el alma de mi querido abuelo.

Fue un gran trabajador, como buen maestro albañil, subido en el andamio de su vida, apisonando tapias que aún perduran en el tiempo. Y como si fuese en sueños, recuerdo su alta y esbelta figura, y sobre todo, su gran mostacho rubio y rizado, por el cual es mas recordado que por sus merecimientos. Tuvo la desgracia un mal día de caerse desde una altura considerable, y aunque no fue en ese accidente en el que falleciese, si que le llevó a estar postrado en una cama siete años, ciego, rotos sus trabajados huesos y afligido, su único consuelo era esperar que llegasen sus nietos a visitarlo. Cuando esto sucedía y alargando su mano cogía la mía me y decía, Pepe, tu primo que vigile a la abuela, y cuando esté en el patio, hurga en los bolsillos de mi chaleco, coge algo de dinero y ve al estanco a comprar un cuarterón de tabaco y papel para liar.

Salíamos alborozados corriendo hasta el estanco de la calle Real del pueblo para hacer el encargo, sabíamos que nuestra recompensa, -además de alguna “perra gorda”-, seria fumarnos un cigarrillo nosotros también. Invariablemente nos decía a la vuelta, sin que se entere la abuela, (que siempre se hacia la desentendida) liarme un cigarrillo, y vosotros haceros uno para cada cual, pero salid a la calle y donde no os vean, os lo fumáis, ya sé que en estos tiempos, en los que la juventud está superprotegida, causarían estragos estas decisiones, y mas que probablemente, a mi abuelo lo hubiesen tildado de corromper a la juventud, pero eran otros tiempos, y lo que hacia feliz a mi abuelo, también a mi me lo contagiaba.

Recuerdo como se reunían los amigos después de una dura jornada de trabajo, y sentados al atardecer, los veranos en la puerta de la casa, y alrededor de la lumbre los inviernos, se enzarzaban en sus tertulias, escanciando de vez en cuando un buen trago de limonada en verano, y de un buen vino tinto en invierno, acompañadas las mas veces con alguna vianda típica de la tierra Manchega que los vio crecer. Nunca tuve constancia de lo que allí se comentaba, pero a buen seguro que sus conversaciones giraban en torno por lo que tanto lucharon en esos tiempos.

Amigos de mi abuelo fueron los llamados en el pueblo, “Los Chuletas”, y en la alfarería en la que tenían en el camino del cementerio mas de una vez se reunieron. Tiempos en los que había lugar para acompañar a los amigos y reunirse sin importarles edad o condición.

Trabajaron duro para conquistar un estado al que ahora añoramos, tener casa propia, trabajar dignamente durante 8 horas y no ser marginados. Estoy seguro que si mi abuelo levantase la cabeza, -como vulgarmente se dice- nos espetaría, ¿que habéis echo? ¿tanto trabajamos para tener dignidad y que nadie nos la quitase?. Estáis presos de los bancos, no tenéis ni tiempo para los amigos, ¿y que decir de la familia?.

Sé que quiso lo mejor para nosotros, no solo el, si no toda su generación, y el resultado a la vista está, ¿que hemos echo mal ?. Dejo la pregunta en el aire, pues seguro estoy, que cada cual tendrá su oportuna respuesta, y peor o mejor, será acertada.

Suena el tic-tac de un reloj, y parece que escuche su propio corazón.


Con todo mi cariño, para ti este recuerdo.