miércoles, 20 de agosto de 2014

DE CUANDO FUI MONAGUILLO








En  una  tarde gris, lluviosa y ventosa de primeros de Marzo tuvo la ocurrencia mi primo Jesús de sacar a relucir los años en que ambos fuimos monaguillos de la parroquia de nuestro pueblo, y me vinieron a la mente tantos recuerdos de esos días en los que fuimos acólitos, que no tenia mas remedio que ponerme a relatar alguna de las anécdotas que nos acaecieron, lo he ido dejando, pero ahora en que las horas parecen alargarse mas allá de los sesenta minutos establecidos, me he puesto a ello, y para quien le plazca y lo tenga a bien, dejo estos retazos de mi paso como monaguillo.

Los dos éramos unos tiernos infantes cuando nuestras familias decidieron que debíamos estar como ayudantes en la parroquia, ya bien fuese por tradición, ( mis dos hermanos lo fueron anteriormente) o porque quizá era algo que se les ocurrió, lo cierto es que ahí estábamos los dos, con la sotana roja y el blanco roquete almidonado dispuestos a ejercer con suma atención y diligencia lo que a bien ordenasen los sacerdotes que componían el elenco de la parroquia del pueblo, a saber, Don Antonio, Don Fernando y Don Jesús, y por supuesto Dionísio, el sacristán, que era el que se encargaba de indicarnos lo que debíamos hacer.

Entre nuestras tareas principales, la mayor era sin duda la de ayudar en misa, nos encargábamos de que todo estuviese en su sitio y después recogerlo, de esta tarea, que no era la que mas nos gustaba, siempre se podía sacar algún provecho.

Quien ronde la edad del que aquí comenta, recordará que en esos años la misa se celebraba de espaldas a los feligreses, y toda se decía en Latín, para responder al celebrante de misa nos proporcionaron al principio de nuestra entrada un cartón con las plegarias y las respuestas en Latín, a fin de que nos lo aprendiésemos de memoria, vaya si la aprendimos, a fuerza de recitar todos los días la misma liturgia se nos quedó grabado.

Si he de ser sincero, lo que mas nos atraía de toda la ceremonia, era el momento de la Eucaristía, cuando el sacerdote de turno hacia la ofrenda, estábamos ojo avizor a ver que cantidad de vino echaba en la copa, ya que los encargados de retirar lo que coloquialmente llamábamos –vinagreras- éramos los monaguillos, y mas de una disputa hubo para ver quien las retiraba, pues como se había de pasar por detrás del altar y este quedaba tapado a la vista de todos, antes de llegar a la puerta de la sacristía, no sé ahora que ingenio desarrollamos, pero sin perder el paso ni el tiempo, lográbamos echar mano de la vinagrera que llevaba el vino sobrante y dando un largo y rápido trago, desaparecía dentro de nuestro gaznate en un santiamén, nunca mejor dicha la frase.

De esos momentos de celebración de la misa me viene un interés por los gestos de las personas que no he dejado de seguir teniéndolo en toda mi vida, a decir, cuando llegado el momento de la epístola el sacerdote se ponía cara al público y después de leer el correspondiente texto del Evangelio solía dar una pequeña charla o sermón, según quiera cada cual interpretarlo, momento en el que los monaguillos debíamos sentarnos en los escalones superiores de la escalera que van hasta el altar de cara al público.

Como mi intención no era la de escuchar el consiguiente sermón, para entretenerme me dio por estudiar los gestos de las personas, y de ellos sacar conclusiones, no voy a dar nombres, pues seria de muy mal gusto, además de impropio, ya que muchas de esas personas a las que mi pequeña sesera sometía a estudio ya fallecieron. Aprendí mucho más de lo que me imaginaba, y después de tanto observar, llegué a conocer a muchas personas por sus gestos.

Había una función –entre las muchas que teníamos- que nos gustaba y disfrutábamos, tocar las campanas, en aquellos tiempos no existían los mecanismos automáticos como ahora, y eran lo monaguillos los encargados de avisar con el repique de campanas los distintos actos que se iban a celebraban. Cualquiera de ellos nos gustaba, pero de todos, uno que sobresalía, era tocar a misa de doce los domingos, como había que tañer la campana “gorda” como coloquialmente le decíamos, y de ésta no llegaba la cuerda hasta abajo, debíamos subir al siguiente piso donde colgaba la maroma, el “juego” -por llamarlo de alguna manera-, consistía en que al ser muy pesada, una vez que tirabas y dabas el primer tañido, obviamente por el peso de la citada campana y el volteo, la cuerda subía hacia arriba, y ahí entraba la diversión, nos agarrábamos con fuerza a los nudos que tenia la maroma y dejábamos izar hacia arriba nuestros pequeños cuerpos, cuando volvíamos a pisar el suelo, rebotábamos de nuevo, y así, como si de una feria se tratase, subíamos y bajábamos con gran regocijo hasta que había que dejar de tocar, entonces al llegar al suelo, soltábamos la cuerda, y por la inercia la campana aún daba un par de vueltas mas, y nosotros bajábamos con una sonrisa de oreja a oreja y echando a suertes a quien le “tocaría” el siguiente turno.

De esa época de monaguillo también me salio la vena de explorador, ya que en cuanto podíamos y no teníamos otra función que hacer, lo dedicábamos a explorar los mil y un recovecos que la Iglesia tiene. Muchas leyendas han circulado acerca de pasadizos secretos, y para ser sincero, haberlos los hay, aunque no voy a descubrirlos, en parte porque de esto hace tantos años que algo en la memoria se borra y no está uno muy seguro, y por otra parte, porque así queda la incertidumbre para que otras generaciones sigan elucubrando e investigando.

Otra función que siempre esperábamos ansiosos eran las procesiones, como estas son  limitadas a lo largo del año, siempre había alguna novedad, y nos encantaba asumir nuestro papel de ir por delante de todos, así como la libertad que teníamos para pasar el “cirial” a otro compañero y pasear entre las filas de las señoras alumbrando con sus velas el paso, y con la picardía de esos cortos años, y a sabiendas de antemano que nadie iba a descomponer la fila para salir detrás nuestro, soplábamos las velas con el consiguiente cabreo para quien la portaba, a nuestro regreso y con gran regocijo, hacíamos recuento para ver quien había apagado mas velas.

He de decir en honor a la verdad, que no todo fue alegre y divertido, también hubo sus
días monótonos y tristes, sobre todo cuando debías de acompañar al sacerdote de turno a dar los “Santos Óleos” es decir, la extremaunción a algún moribundo, no era plato de buen gusto entrar en una casa, y cuando la familia nos veía, sabia que, cuando entrábamos nosotros, una vida saldría por la puerta para no regresar jamás, pues de todos es sabido que en esas circunstancias a los sacerdotes, por esos tiempos que vestían una impecable sotana negra, se les llamaba pájaros de mal agüero, pues como anteriormente queda dicho, quizá fuese lo último que vería en este mundo el infeliz moribundo al que visitaban.

Podría alargarme mucho más, pero  no es cuestión de cansar al hipotético lector, con estas tribulaciones de añoranzas que en un momento me invadieron.

Solo comentar como colofón mi final como acólito. Fue entre la misas que se celebraban  a las diez del domingo y la de doce. Como estos intrépidos monaguillos no sabían en que ocupar ese espacio de tiempo, solo se nos ocurrió la grandiosa idea de hacer de los bancos de la Iglesia puestas a modo de vallas, ir saltándolas desde el principio del altar hasta la puerta, la fortuna en esos momentos me fue esquiva, y cuando me disponía a saltar mis últimos tramos, apareció de improviso Don Antonio, y al verme de esta guisa, con los faldones de la sotana roja arremangados y dando brincos sobre los mencionados bancos, se vino hacia mi, me agarró, y sin soltarme la oreja presa en su mano izquierda, con la diestra me propino un pescozón en la cabeza, me hizo mas daño el verme tratado de esa manera que el sopapo que me había atizado, y soltándome de su mano, agarré el roquete y la sotana y allí mismo lo tiré a sus pies, le dije que ni mi padre me había pegado nunca, y no iba a consentir que por muy cura que fuese el lo hiciese, y tomando la puerta, me dirigí hacia mi casa.

Lo que vino después ya se pueden hacer a la idea, pero esa seria otra cuestión que mejor no tocarla por el momento.


NOTA: Cuando pasaron muchos años, y poco antes de fallecer Don Antonio, fui a visitarle a su casa de Valdepeñas, y entre recuerdos me dijo, Pepe, ni tú ni yo ya somos los mismos, me pidió perdón a su manera, y yo como es natural se lo concedí con una sonrisa.